
Sentado a la rivera de un río, bonito lugar para empezar a pensar antes que a la rivera de un vertedero, viendo pasar el agua en su marcha constante, no se si la vida corre del mismo modo o es como lo que yo veo en su discurrir, el agua sin densidad efectiva o la densidad de la vida sin efecto. Comparando, no tengo ni la mas remota idea del cauce que corre por mi interior. Yo se con que navego dentro de el, pero cuantas veces a la deriva, no tengo ni la sospecha del vehículo que utilizo para mi navegación. Solo se que floto en el gran caudal de mis banalidades.
Se escuchar, se ser asertivo cuando me conviene y les conviene, pero ante todo esto, se que tengo que intervenir e intervengo, pero cuando no lo tendría que haber hecho nada me indica, su pronta anulación. ¿Se tiene que romper la armonía después de haber destrozado la estabilidad que entronca nuestros intereses?. Pero porqué me preocupo tanto de mi ofertar lo mas bueno y que guste más, espera constante de los otros para así mantener tranquilos sus egos. Política continua del mas absurdo de los peloteos. Tu me oyes y yo hago lo posible para que tu oír no sufra daño alguno en los recibimientos de mis palabras. Vacío continuo al decir siempre lo que los demás quieren que les digamos.
Que cansancio el del arbitrio constante de nuestras ideas. Si socialmente tenemos que hacer de los contactos una utilidad relativa, porqué sin mediar ningún mal emotivo al formar las expresiones, dejamos que nos anulen las palabras sin medida y sin control, muchos de los receptores pifiados en esos otros por tantos apetitos abortados; no dejamos ver la realidad del mensaje a emitir sino la estúpida entroncación del resultado de la criba.
Yo te miro y tu me miras, las miradas no mienten, pero al abrir la boca para decir algo si que surgen los engaños. Tu tienes una cara, un gesto pero tus palabras son otras y yo me doy cuenta de tu subterfugio al indicarme lo que yo no quiero oír, y absorber mi rabia al notar lo que tu me quieres decir en tu pretensión, pero no dices por las mas ineptas de las etiquetadas relaciones sociales. Si digo esto, -¿que pensarán de mi?-, y luego de no lo dicho pero insinuado, yo estúpidamente, tengo que sobreentenderlo o imaginarme que la realidad de lo no dicho es otra. Engaños sin motivo para tener que estar siempre en el río de la espera de las respuestas sinceras.
Miro sin cesar en el río de las cabezas que pululan en cualquier reunión social, me abstengo de engendrar conversaciones banales ante los vanidosos y los áridos en fecundaciones que no mitiguen mis penas interiores. Busco con la mirada sincera aquellos seres que puedan darme placer en sus pláticas, búsqueda de mis iguales o que sin serlo den una partida clara al caudal de mis palabras para que en nuestra recíproca y amena conversación hagan ser fructíferas las innecesarias reuniones sociales a las que por obligación de la etiqueta y al deber del cumplir, se nos ha hecho hacer acto de presencia obligado ante los mas inútiles de nuestros rechazos.

Una vez acabado el acto social, en la toma de un ansiado calmante para mitigar mi dolor de cabeza al haber oído y dicho tanta sandez infame, insulsa y sin valor alguno; sentado a la rivera de este río, me desnudo entero y me lanzo al frío río del discurrir humano a ver si al chocar mi cuerpo con el helado cauce de las impresiones, despierto del ridículo causado ante tanta cháchara, y si me ahogo nada pierdo en el tropel de tanta incultura. Y si salgo a flote es que dentro de la incultura yo al menos me se manejar entre los desastres naturales que han creado a tanto seres anodinos.
Cuantas veces se pregunta uno si lo de que un gesto vale mas que mil palabras, ya que muchos podían ejecutar gestos y ahorrarse palabras (sobre todo en política), así seriamos mas felices, comeríamos mas perdices, y todos contentos al unisono y mas felices que unas castañuelas, y acabar en todas las reuniones con el consabido colorín colorado que todos nuestros cuentos se han acabado.









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